PUB: 31 / 01 / 2014

“OBJETOS” QUE (NOS) TOCAN: 

Reflexiones en torno al documental Calafate, zoológicos Humanos

(Christian Báez y Hans Mülchi, Chile, 2012)

 

María Elena Bedoya H. *

“Es lo que contaban los abuelos”… es una de las frases mencionadas por una mujer indígena sobre la desaparición de sus familiares en el pasado.   Así inicia el documental de Báez y Mülchi titulado Calafate, zoológicos humanos.   En el registro oral siempre quedan los restos de estas microhistorias vida, las mismas que nos muestran cómo la potencia del recuerdo posibilita el movimiento de la palabra en el presente y permite operar en un flujo que hasta entonces parecía detenido en el tiempo. 

 

Al escuchar de sus labios decir: “todos nosotros, nuestra generación venía siendo contada oralmente como se los llevaban, entonces uno tenía como ese concepto de niño, esconderse”, nos inquieta más, porque parece que muchas de las historias permanecen escondidas, porque hacerlas “públicas” –en lo que hoy podemos considerar como público- implica asumir responsabilidades y derruir esquemas mentales, discursivos y prácticos de nuestra vida cotidiana asumidos como estables.  Visto así, el tiempo entonces se puede volver múltiple, no lineal, porque se piensa desde lo diverso de la experiencia.

 

Este documental narra el secuestro de 25 personas originarias de los grupos étnicos de Tierra del Fuego, los Selk’nam, Kawésqar y Tehuelche, a finales del siglo XIX, por parte de un cierto tipo de “empresarios de lo exótico” que los llevaban para ser exhibidos en Europa en lo que se llamó “zoológicos humanos”. La Torre Eiffel de París, ícono mundial por excelencia, fue uno de los escenarios en donde fueron exhibidos y consumidos por ávidos espectadores.  Estos grupos fueron paseados por toda Europa como mercancías exóticas.  El hilo conductor del este trabajo documental está enfocado en todo el problemático y complejo proceso de retorno de las osamentas humanas localizadas en una universidad europea hacia su lugar de origen.

 

La trama del documental une dos tiempos, aquel donde el pasado nos toca en aquellos registros fotográficos y objetos, en huellas guardadas en oscuros contenedores del pasado y un segundo, en donde es el devenir del presente que habla, que recupera voces, que ausculta hechos que estaban dormidos o resonaban en murmullos, en la ausencia de ese mundo “público” de la historia, durante más de una centuria.  Es el escenario del diálogo.

 

La ciencia acumula objetos, los clasifica, los explica (o pretende hacerlo); los museos guardan restos que circulan en caso de exhibiciones como espacios asépticos de toda ola de recuerdo, son vistos entonces como registros de un tiempo remoto, solo antigüedades.  Desde esta perspectiva, Calafate permite abrir esta puerta para saber que estos “registros” y “objetos” tienen un nombre, una historia, una posibilidad de reconciliación con el presente, son por lo tanto, políticos.

 

Las osamentas humanas recuperadas, que una vez se convirtieron en objetos científicos a finales del siglo XIX, a su llegada al territorio “nacional” chileno en pleno siglo XXI fueron parte de todo un ritual cívico, aquellos que proliferan para guardar y estatizar las memorias de hechos acaecidos en el pasado en una mezcla entre publicidad política de “toma” de acción y vanidad coyuntural; no obstante, la acción de la comunidad con sus muertos les devuelve la posibilidad del recuerdo del ancestro y también abre varias interrogantes sobre las construcciones identitarias y las tensiones que subsisten en escenarios como los latinoamericanos, es decir, todas las problemáticas que nos enfrentan a la hora de pensar en la construcción del discurso histórico o de la misma forma en que asumimos nuestro pasado. 

 

Estos objetos tocan, nos tocan, pero no como un discurso asociado a prácticas donde el espíritu está ausente, sino que nos tocan por su potencial de revertir la historia construida, abren la posibilidad de nuevos comienzos y de reflexiones sobre la forma en que el pasado nos perturba en el presente.  Más allá de “héroes”, “fechas”, “acontecimientos”, “periodos”… estos “objetos”, estos “restos” son vida o en una inversión con Walter Benjamín, esos objetos se introducen en nuestras vidas, pero también nosotros podemos introducimos en la de ellos.  Lola Kiepja** considerada la última Selk’nam nos dejó una frase que siempre aparece como itermitentemente en mi cabeza,  tal vez porque vislumbra cómo asume aquello que fue: "de vez en cuando camino al revés es mi modo de recordar... si caminara hacia delante, te podría contar cómo es el olvido", consideraciones como ésta eclipsan el devenir presente y nos integran a otra dimensión del tiempo y del vivir.

 

Los kawésqar, 128 años después, regresaron al recinto sagrado.

 

 

 

* Agradezco a Albino Fernández por la posibilidad de mirar estos trabajos documentales en el archivo de Cinememoria y a Coco Laso por compartir estos materiales desde el recuerdo.

 

**Bidaseca Karina y Marta Sierra, Postales femeninas desde el fin del mundo,  Ediciones Godot, Colección crítica, Buenos Aires, 2012.

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