PUB: 30 / 07 / 2014

Entrevista a Miguel Rivera*

 

Huaquería, comunidades y Estado: El caso de la Tolita Pampa de Oro

*Miguel Ángel Rivera Fellner. Antropólogo de la Universidad de Caldas (Colombia) con Mtr. en Antropología Visual Y Documental Antropológico de Flacso (Ecuador). Docente e investigador en varios institutos y universidades en Ecuador y Colombia con énfasis en desarrollos experimentales de metodologías etnográficas y formas no hegemónicas de apropiación y valoración de los objetos patrimoniales y el pasado por parte de las comunidades y las personas no académicas.

Trailer del documental Más Acá del Pasado, La Tolita Pampa de Oro, 2014

En primer lugar quisiéramos conocer brevemente tu trayectoria en la investigación sobre arqueología, patrimonio y la relación Estado - comunidades que propones.

 

La tradición de la huaquería en Caldas se podría decir que es mi punto de entrada. En la tesis de pregrado, es la primera vez que le dicen a uno que haga lo que usted quiera hacer, es una invitación a la autonomía, y me encantaban una cantidad de temas: la brujería, la política, había participado en excavaciones arqueológicas y vi en el fenómeno de la huaquería como la posibilidad de combinar todos esos temas porque combina magia, tiene que ver con formas políticas de acción, con como la élite requería legitimarse a través del pasado y la arqueología viene a darle a la élite esa herramienta cognitiva para legitimarse en términos de ese pasado. La huaquería tiene que ver con esos problemas fundacionales y alguien que habla de eso es Roberto Pineda Camacho, antropólogo colombiano, que habla del control colonial al saqueo de tumbas. Mi trayectoria empieza por indagar en cómo es posible la huaquería en Caldas, las acciones que la reproducen y las representaciones. Después del pregrado hice otras investigaciones, ingresé a la Flacso con un estipendio, me tocó conseguir trabajo y afortunadamente conseguí con una consultora del INPC en el marco de la declaratoria internacional del Qhapac Ñan por parte de la UNESCO. Ecuador en el 2009 estaba adelantado en estos temas. Me acuerdo del Qhapac Ñan y el ferrocarril como grandes proyectos patrimoniales. Estuvimos haciendo una valoración y ahí puse por primera vez a prueba algo que trato de hacer en la tesis de maestría en antropología visual que es esa triangulación, la apropiación desde una perspectiva de orden fenomenológico en donde el objeto en si no tiene valor y es la interacción con los significados humanos que adquiere valor, a pesar de que ese objeto tiene unas cualidades intrínsecas que condicionan ese valor.

 

Con ese marco teórico-metodológico estaba yo buscando un lugar y Ecuador está lleno de lugares para hacer eso, pues obviamente por la cantidad de evidencias arqueológicas en los Andes. Eso fue en 2010 y no conocía el caso de Agua Blanca (Manabí)  que me parecía el ideal, pero me topé con el de  La Tolita (Esmeraldas), el cual me interesaba por el yacimiento pero no conocía la problemática. Gracias a un proyecto que estaba ejecutando Fernando García, vi un cartel en la cafetería de la Flacso y pensé que allí ahí podría haber un poco de presupuesto para la tesis y además me encanta la cultura Tumaco-La Tolita: es enigmática, es riquísima, esta super huaqueada, hay colecciones en Japón en Berlín, Estados Unidos, Colombia, España; para estudiar paleopatologías en América precolombina La Tolita es fundamental, para poner a patinar a los arqueólogos cognitivos hay una cantidad de representaciones antropozoomorfas y muy abstractas que hacen que sea muy llamativa. Yo pensé que era una oportunidad excelente y pues en la tesis de maestría trato de mostrar esa perspectiva sobre como las personas se apropian y ponerla en contraste con la apropiación del Estado.

 

 

La Tolita, tu caso de estudio, está enmarcado en las complejidades de la huaquería. A partir de tu acercamiento desde el método etnográfico, qué tensiones encuentras con el tema de lo patrimonial entre,  por un lado, la postura del Estado y, por otro, las personas que entrevistaste en campo.

 

Hay algo que encontré tardíamente hablando con Michael Muse sobre la arqueología de la liberación y, tal vez, desde ahí me ha parecido que el antropólogo o el científico social debía tratar el concepto de patrimonio como un concepto que sirve para administrar ciertos recursos pero no para analizar fenómenos sociales. Yo propongo que lo más importante en términos de lo patrimonial, legislativo, administrativo son las personas, es una convicción que tengo desde la tesis de pregrado. En la constitución política de Colombia, en el artículo 72 se habla del patrimonio, de objetos, de lo material e inmaterial y eso no sirve, es un listado de cosas. Yo intenté ver que está detrás del concepto de patrimonio. La lección más grande que aprendí en esa tesis es que debemos hablar siempre de cultura material, a los políticos y entre nosotros, porque es una redundancia necesaria, siempre creemos que lo simbólico, que las cuestiones afectivas como la confianza son abstractas e inmateriales, y la legislación como no sabe cómo recoger esas cosas lo llaman inmaterial. Pero, por ejemplo, cuestiones que se creen inmateriales, como la confianza, están en la sangre, en cómo palpita el corazón, en cómo el cuerpo está involucrado en esa dinamización de símbolos. Yo puedo hablar de la confianza porque me permite afianzar esa perspectiva, no la puedes medir directamente pero si indirectamente. El hecho de que sea una sensación temporal, imbuida en una serie de fluidos y reacciones físico químicas, ya la hace muy material, yo creo que debemos hablar de cultura material.

 

En esa medida siempre, cuando hablaba con la gente de La Tolita, les proponía que tuvieramos discusiones, en las cuales ellos ya están muy entrenados también, ya que ellos no le ofrecen piezas a todo el mundo, ellos han sido tan estigmatizados que tantean a la persona o posible comprador antes de ofrecer cualquier cuestión; yo nunca pregunté por cuánto vale una pieza, yo les preguntaba cómo es que sienten esto y los testimonios orales fueron en gran medida impulsados por ayudas visuales como fotografías de los museos del Banco Central, los videos que yo les tomaba o ejercicios de la imaginación como ese museo doméstico que me inspira el artista Falco. Yo traté de hacer un ejercicio creado por él para ver cómo entran en el mundo de sus objetos cotidianos más valorados, los objetos arqueológicos. Ese ejercicio es clave para ver si los están valorando o no, y las indagaciones se concentraron  en términos de uso, afectivos y económicos. Tres preguntas, por si de pronto cabía algún objeto de la cultura La Tolita y no cayó nunca, lo único de lo que hablaron fue de machetes, redes, estufas, lo que me abrió otra ventana muy grande, como el valor de la fotografía para ellos, el objeto fotográfico, lo que nos vuelve a lo cultural como siempre material. Con los objetos de uso cotidiano hay una relación muy corporal, por lo cual estos los define y no son abstracciones grandilocuentes sobre el pasado. Yo digo que hay una visión fría y distante con ese patrimonio arqueológico por parte de los historiados clásicos serranos en comparación con una apropiación que, puede que no sea tan docta, sistemática, grandilocuente, pero ese pasado es imaginado por ellos de algún modo, y cuando les hablamos de la propiedad, de quién es La Tolita, surge el punto más álgido de tu pregunta: quiénes la pueden usufructuar, quiénes pueden tener los réditos económicos directos del usufructo de ese subsuelo.

 

El Estado ecuatoriano nunca había estado allá y a pesar de eso tiene grandes vitrinas y hermosas representaciones y se vanagloria del pasado prehispánico de La Tolita, y no les interesa el ahora. Y estas personas que ahora habitan la isla, que tienen una relación constante con ese entorno y que puede que haya estado marcada por la venta de piezas y de oro, cuando llegamos a conversaciones más íntimas, más tranquilas, ellos se sienten identificados con estas otras personas en términos de que están habitando el mismo ecosistema, esa mediación es de los resultados más interesantes. Ver hasta qué punto esa imagen legítima de lo patrimonial llega a una forma de apropiación del Estado hasta cierto punto y, más allá de lo patrimonial, cómo el patrimonio más importante de La Tolita, que es la gente que ahora vive allá, se apropia de ese registro arqueológico. Esa es la parte que me interesaba completar y por eso la tesis tiene una doble utilidad: una hacia adentro porque les dejé unas copia para que vean una imagen de sí mismos, vean los problemas de organización que les han impedido usufructuarlo, ellos tampoco se han preocupado, es para hacerles caer en cuenta de eso; pero también una hacia afuera, hacia el Estado y propiciar una reflexión sobre su racismo  porque se implica una visión que pone al indio muerto sobre el negro vivo.

 

Cuál es tu análisis de las prácticas de coleccionismo y musealización del Estado, en este caso específico cómo caracterizar estas prácticas, que política había detrás.

 

El discurso arqueológico fue el gran detonante de estas prácticas museológicas y lo digo especialmente porque no existían sino grandes colecciones privadas o colecciones que habían sido públicas en los sesentas con este señor Hernán Crespo Toral. En términos arqueológicos son importantes estas colecciones porque el resto se trataba de mostrar el pasado colonial para ratificar la herencia europea, es después de los sesentas que empieza a darse un giro decolonial como lo llaman algunos autores, especialmente en Colombia. En Ecuador ha habido diferentes momentos, pero desde el Estado de una manera legítima y fundamentado en una práctica científica es desde los sesentas. Está relacionada con el último boom de la huaquería: cuando surge el museo del Banco Central se disparan los precios del oro y de la cerámica. En los tiempos de Yannuzelli, en los cuarentas, apenas se estaba consolidando una sociedad de intelectuales que se preocupaban por la historia en el Ecuador, teniendo como sede la ciudad de Cuenca, en donde hay colecciones de La Tolita muy importantes. Desde allá mandan a La Tolita a ver el nivel de destrucción en la época de los Yannuzelli, pero no hay un poder de representación de lo indígena como lo hay en los sesentas y mucho más en los noventas, donde crean estos dioramas que están actualmente en el museo del Banco Central. Siempre ha sido una visión hegemónica de una élite intelectual y económica que trata de tener un control sobre el pasado a partir de su representación.

 

La educación es una de las principales armas del poder, y la versión oficial de la historia que se imparte en las instituciones educativas hace ver a las sociedades amerindiss como intentos del Estado. En esa visión evolucionista que ha tenido la arqueología en Latinoamérica hasta hace poco creo que se basa en una práctica distante que trata de justificar el status quo, que trata de legitimar las relaciones de poder que existen actualmente. Vemos en ese diorama de La Tolita expuesto en el museo del BCE de Quito que es muy pacífico, muy tranquilo, uno no ve cabezas por todo lado (después de haber leído algunas investigaciones de arqueólogos contemporáneos sobre La Tolita y después de haber visto decenas y decenas de cabezas que parece fueron cortadas ritualmente) el Estado no muestra eso, no le conviene, le conviene una visión aséptica, limpia, por eso es distante, la relación con el cuerpo se pierde y puede ser muy artificiosa. En estos términos, el museo funciona como un dispositivo foucaultiano.

 

Hablemos sobre el documental, qué objetivos se plantearon al llevar la investigación al documental, cuáles fueron las problemáticas y cómo fue la experiencia.

 

Son dos lenguajes y dos discursos totalmente distintos, me gusta mucho la experiencia de investigación documental, esa maestría sirvió para eso. Con Juan Pablo Viteri, Violeta Montellano y Fredy Heredia hicimos un primer ensayo  sobre los aseadores en la Flacso, cómo se llenaba la boca diciendo que buscamos la justicia y la equidad, las luchas contra la discriminación, hay principios muy loables detrás que justifican a la Flacso como una institución de educación superior con importancia nacional e internacional. Nos pareció que en la práctica de la contratación y la relación de las distintas partes de la comunidad universitaria, de todos los que permiten la vida en la universidad, los que permiten la higiene del lugar eran el último eslabón, son la base de la pirámide jerárquica que permite a la Flacso. Siempre que hay una representación hay algo que se oculta, buscábamos discutir la representación y su auto invisibilización, el documental es lento, con time laps de una labor cíclica, de hormigas, con silencio.

 

Vine para Colombia en 2011 y un año después  resultó presupuesto para hacer el documental en La Tolita y no quería que discutiera con la tesis sino con mostrarlos a ellos allá, obviamente sale el tema de la arqueología, pero dicen cosas muy distintas. En el documental trato de dar las gracias, es una forma de agradecimiento para la inmensidad de cosas que me dieron estos personajes de La Tolita, traté de hacerlo al estilo de las aseadoras con la ayuda de Frantz Jaramillo con quien ya había trabajado. En otros proyectos hemos hecho algo colaborativo, este fue más planificado y lo hicimos en cinco días. La tesis es toda una cuestión analítica pero el documental es como un "gracias gente de La Tolita". Vamos a mostrar quienes están aquí, qué hacen, es solamente eso, una ventanita de la vida en La Tolita; ese es un gran salto entre los dos procesos. 

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