PUB: 16 / 12 / 2015

MUSEOS Y AUTONOMÍA: DE NUESTRO DERECHO A PENSAR

 

Malena Bedoya

 

Se dice que estamos en tiempos de revolución.  Mucha propaganda, mucha obra vista, mucho discurso, mucho personaje.   Tanta parafernalia de dudosa procedencia es el mejor lugar para sentarse a escuchar detenidamente el barullo de esa oleada política.  Es el mejor lugar para pensar.  Y en este pensar, los museos aparecen como algo difuso, en ocasiones algo que perturba o que simplemente estorba.  Por ello, a veces no hay fondos, no hay interés… nos quitan la plata, nos reducen los proyectos, nos cambian de jefes, nos exigen montar exposiciones, nos recortan, también nos olvidan. 

 

Los museos guardan y resguardan.  Tienen colecciones milenarias y acervos contemporáneos. Tienen reservas. Tienen aquello que se denominan bienes culturales y patrimoniales que se supone que deberían insertarse en normativas transnacionales –también complejas y de dudosa procedencia– para precautelar esos patrimonios culturales, sin embargo, eso siempre está en riesgo.  No existen equipos técnicos completos, instalaciones apropiadas, procedimientos técnicos claros y desarrollados. 

 

No sabemos muy bien qué mismo tenemos, cómo eso llegó ahí, ni porqué… no sabemos ni qué deberíamos “adquirir” para esas reservas, qué de ese pasado ha quedado suelto, por eso, todo parece ser potencialmente “patrimonializable”, absolutamente todo.  Además, suponemos que lo “cuidamos” para algo, pero tampoco eso parece claro.  Quizá sí, para una “manida” idea de memoria que pulula por los pasillos de las instituciones, para algo que ni siquiera reconocemos.

 

Los museos son espacios educativos.  Tiene multiplicidad de públicos, niños, niñas, jóvenes, adultos mayores, turistas.  Alguna vez todos pisamos un museo.  Hay mucha discusión sobre la mediación, muchos discursos, muchas palabras sobre la llamada “museología crítica”.  Mucha querella sobre el método pero poca para la práctica.  Cómo hacer eso posible si las condiciones en las que ejercemos nuestro oficio ni siquiera nos garantizan estabilidad en los proyectos, la investigación, la renovación conceptual, y peor, un cabal cuidado y gestión de nuestras reservas.  Muchos discursos sobre lo contemporáneo, poco cable a tierra para poder operar. 

 

Los museos no son edificios... son experiencias del conocimiento, pero ahora parece que han transformado su cara para convertirse en marionetas en el escenario político, entran al juego del jefe, a las coordenadas que dictan las ideologías. 

 

Los museos como experiencias del saber, son espacios de producción de conocimiento.  Deben ser autónomos Este es el meollo del asunto.   Sin autonomía no tenemos la posibilidad de ejercer nuestro derecho a la propuesta crítica, de descentrar la cultura estática y momificada del poder, hacia una cultura crítica, multidimensional y en flujo. 

 

Deben ser autónomos, como centros de saber –tal como desearíamos en las universidades– porque tenemos la responsabilidad democrática de reinventar esas nociones de patrimonio, de desbaratar conceptualmente estas reservas, de leerlas en múltiples dimensiones, de hacer entender la complejidad de las “identidades en flujo” que decía por ahí Silvia Rivera Cusicanqui, y estas miradas no empatan con las del poder. 

 

Debemos tener esa libertad,  esa de zafarnos de la coyuntura de líderes elegidos, de proyectos políticos.  Debemos tener un lugar digno en la línea del conflicto.  Entrar y salir, posibilitar a nuestras comunidades y a nosotros mismos a interactuar en un diálogo continuo.  Debemos conservar esos bienes, no para ganar algo con ellos, sino para posibilitarnos nuevas lecturas del pasado, del presente, de miradas abiertas y dinámicas. 

 

Lo que necesitamos es garantizar la autonomía para estos lugares del conocimiento, del trabajo colegiado, del diálogo democrático.  Estos no son repositorios de nada, son escenarios que nos permiten y garantizan nuestros derechos humanos y ciudadanos, ni siquiera de las llamadas “identidades patrióticas” o de la “nación” … sino de estos derechos en un mundo globalizado neoliberal, donde capitalismo salvaje y destructor, opera libremente a su antojo. 

 

Por eso, museo y poder, deberían eclipsarse, separarse, distanciarse.  Esto aparece aún como un sueño difuso, pero desde donde avizoramos un devenir... allí donde los sueños juegan con los fantasmas e intentan escapar de ellos.

 

 

Quito, 16 de diciembre de 2015.

 

 

 

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